Hace un tiempo escribí un artículo titulado “Los árboles como infraestructura de salud pública”, en el que hablaba de los beneficios de los árboles en las ciudades. Grandes beneficios como que combaten el cambio climático, limpian el aire, refrescan las calles y la ciudad, generan oportunidades económicas y ahorran agua.

 

Esta semana nos encontramos ante la segunda ola de calor del verano, y la necesidad de sombras, se hace absolutamente necesaria para poder vivir nuestras ciudades, con unas temperaturas cada vez más altas durante más tiempo en el año. Y yo me pregunto, ¿por qué realmente no somos conscientes de la necesidad de forestar nuestras ciudades?

 

Nuestros políticos estoy seguro de que son conscientes del problema y de la necesidad de árboles en nuestro pueblo, pero se encuentran con dos grandes hándicaps para actuar en consecuencia: el alto coste de mantenimiento y la baja rentabilidad política.

Los árboles necesitan un mantenimiento constante. Necesitan agua (riego), poda, tratamientos fitosanitarios, limpieza, etc… Esto supone un elevado coste a las arcas municipales y “esos dineros” se destinan a otras cosas.

Por otro lado, el coste de la creación y el mantenimiento de arboleda no puede ser rentabilizado política y electoralmente porque, y ahí tenemos que entonar el “mea culpa”, los ciudadanos (votantes) no lo valoramos realmente y no lo exigimos castigando o premiando con nuestro voto.

 

Como consecuencia tenemos unas ciudades desertizadas, unos secarrales inhabitables que en los meses de verano, se hacen completamente invivibles. No existen árboles y los pocos que se plantan, no se mantienen. No se riegan, no se cuidan, no se reponen.

 

Más allá de unas decenas de naranjos (que no dan la más mínima sombra), Puente Genil carece de arboleda en la mayor parte de sus calles, plazas y parques.

 

Vías recientemente intervenidas, como la Cuesta del Molino, Calle La Rambla, Calle Montalbán, PI Huerto del Francés, o Av. De la Estación, por poner algunos ejemplos; carecen absolutamente de la más mínima arboleda, y en el mejor de los casos, se han repartido algunos árboles sin ningún mantenimiento posterior.

 

Podemos hacer la comparación en la Av. Manuel Reina, que desde el “Tropezón” hasta San José cuenta con unos árboles bien situados, con la escala correcta y que actúan como regulador térmico, dando sombra en verano, reduciendo la temperatura de la vía y generando oxígeno que combate la contaminación. Desde San José hasta el Romeral, esos árboles se convierten en pequeños naranjos, elementos anecdóticos que no cumplen ninguna de las funciones que deberían cumplir.

 

Haciendo un estudio de las temperaturas, podemos ver cómo actúan los árboles en nuestra ciudad, y podemos imaginarnos qué Puente Genil tendríamos si se forestara y se creara grandes espacios arbóreos.

 

Dando hoy un “agradable” paseo a las 17:00 horas, he podido comprobar las temperaturas en tres zonas de la Matallana, haciendo una medición en diferentes materiales situados al sol y a la sombra de los árboles existentes.

 

En primer lugar hemos realizado una medición en el pavimento de la Av. Manuel Reina, con una temperatura ambiente de 42º C a la sombra. Hemos comprobado que el pavimento llegaba hasta los 51º C al sol, mientras que dicha temperatura debajo de un gran árbol se reduce a los 38º C. Una diferencia de casi 13º C.

 

Siguiendo nuestro paseo hemos medido la temperatura del césped, que llegaba a los 55º C al sol, mientras que se quedaba en 41º C a la sombra. Otros 14 grados de diferencia cuando los árboles te protegen.

 

 

Para finalizar hemos medido la temperatura sobre la superficie de un vehículo de color blanco (recordad que el blanco no absorbe el calor). Al sol, la chapa del vehículo se pone casi a 52º C, mientras que a la sombra, se queda en 42º C. Una diferencia de 10º de temperatura entre un vehículo aparcado al sol, y otro a la sombra.

 

Son tres ejemplos que ilustran a la perfección la diferencia de temperatura que se produce entre los espacios a la sombra, protegidos por la arboleda y aquellos que están expuestos al sol.

 

Dichas temperaturas medidas en las superficies del suelo, césped y vehículos, aumentan la temperatura ambiente elevando la misma al menos 10º C dentro de nuestras ciudades.

Un árbol puede llegar a reducir la insolación más del 50% siendo un excepcional termorregulador ambiental que capta las altas temperaturas, aportando oxígeno a la atmósfera.

 

“Cubrir de vegetación y promover la presencia de agua son claramente las medidas más efectivas” para refrescar una ciudad, explica Fallot al periódico 24 heures. Además de brindar sombra, los árboles y las áreas verdes comportan una mayor evapotranspiración, un proceso físico con efecto refrescante.

 

Conocemos sobradamente los beneficios de los árboles en nuestras ciudades, y lo hemos podido comprobar in situ esta calurosa tarde de julio en Puente Genil. Está en manos de nuestros gobernantes aportar nuestro granito de arena para luchar contra el cambio climático, al mismo tiempo que se aumenta el confort térmico de nuestro pueblo. Está también en las nuestras, ser capaces de hacer ver a nuestros políticos que realmente creemos que forestar nuestra ciudad es una forma de crear una infraestructura de salud pública, y que estamos dispuestos a premiar o castigar con nuestro voto, a aquellos que no se lo tomen en serio.

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