14.02.2018 |

Des-concertado

Los años de nuestra niñez, son aquellos en los que nos formamos tanto académica como moralmente. Es una época de constante aprendizaje en la que aprendemos sobre el mundo que nos rodea y a través de la cual vamos forjando nuestra personalidad y poniendo los cimientos a los hombres y mujeres que seremos el día de mañana.

En este aprendizaje, intervienen gran cantidad de personas que van aportando su granito de arena para llenar el vaso de nuestra sapiencia y coser las “hechuras” de nuestra personalidad. Nuestros Padres, nuestros hermanos, nuestros abuelos, nuestros PROFESORES…

Hoy, por azares del destino, he tenido la inmensa fortuna de volver a mi colegio. Veinte años después, y de la mano de uno de los profesores que más huella han dejando en mi persona (gracias Antonio), he visitado mis antiguas aulas (en las que tantas cosas aprendí); he paseado por sus amplios pasillos (en los que tantas ilusiones proyecté); he escuchado el sonido de “la huerta” (en las que tantas sonrisas dejé); he recorrido el salón de actos (en el que tantas emociones viví)…

Hoy he abierto un cajón de recuerdos, que tenía extraviado en el desordenado desván de mi memoria y han venido a mi antiguos olores, remotos sonidos, lejanos sentimientos de un niño que entre las blancas paredes de La Compañía de María, se empezó a hacer hombre.

Una mezcla de sentimientos y recuerdos de un tiempo pasado que nunca volverá y que tengo grabado a fuego en mi corazón, que no son más que la melancolía de un ya hombre, que de nuevo, aunque sólo durante unos minutos, ha vuelto a ser niño.

Muchas caras distintas y unos medios más modernos, pero una esencia inconfundible que ha perdurado durante el paso de los años y que se respira nada más entrar, por aquella “puerta de los mayores”, en la que siempre estará Tere.

Hoy me acuerdo de todas y cada una de las aulas en las que estuve, de todos y cada uno de los profesores que me formaron, de todos y cada uno de los compañeros a los que muchos de ellos, hoy tengo la suerte de poder seguir llamándolos amigos.

Siempre ha sido así, pero ahora más si cabe, tengo la firme convicción de que esta es la educación que quiero para mi hijo. Los valores que en mi colegio se enseñan, son los que quiero para mi hijo. La moral que aquí se transmite, es la que quiero para mi hijo. La enseñanza que aquí se practica, es la que quiero para mi hijo.

Sólo espero que NADIE, intente negarme el derecho que tengo de que así sea y que aquel que quiera otra educación diferente para los suyos, tenga el mismo derecho que yo a que se la den.

Por tanto, dentro de un año espero vivir otra vez, ahora como padre, un día de Santa Juana de Lestonnac, una misa de la Niña María, una fiesta de Fin de Curso o una entrega de notas.

Y cada vez que con mi hijo entre de la mano en mi colegio, al igual que hoy, vendrán a mi recuerdos y emociones que nublarán mi vista y formarán un nudo en mi garganta y de nuevo, escucharé las voces de la Señorita Mari Carmen (parbulitos, 1º y 2º de EGB); la Señorita Conchi Melero (3º y 4º); Don Antonio Velasco (5º); la Señorita Encarna Prieto, la Madre EncarnitaD. Antonio Pineda y D. Antonio Guerra (6º, 7º y 8º)… y otros tantos que han contribuido a forjar un “pedacito” de lo que soy, desempeñando esa magnífica profesión, la de MAESTRO. 

Santa Juana, fundadora de La Compañía de María dijo: “Llenad vuestro nombre”. Doy fe de que así ha sido y sigue siendo.

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